|
Encarnizamiento terapéutico
Simón Espinosa
Cordero
Conferencia
dictada en el panel Foro sobre Testamento Vital, realizado por la SEB.
Gracias al
encarnizamiento amoroso del presidente de la Sociedad Ecuatoriana de
Bioética con mi persona, voy a reflexionar sobre el encarnizamiento
terapéutico en el contexto de la presente información del Testamento
Vital. Saludo cordialmente a todos, pero en especial a los jóvenes que
han venido a informarse y conversar. ¿Y por qué los saludo? Porque
supongo que, estadísticamente, ustedes están más lejos que nosotros de
convertirse, de ahora a después de sesenta años, en víctimas de la
crueldad terapéutica. Contexto de esta crueldad
"Si me llega
el momento en que no pueda expresar mi voluntad acerca de los
tratamientos médicos que se me vayan a aplicar, deseo y pido que esta
Declaración sea considerada como expresión formal de mi voluntad,
asumida de forma consciente, responsable y libre, y que sea respetada
como si se tratara de un testamento. Considero que la vida en este mundo
es un don y una bendición de Dios, pero no es el valor supremo absoluto.
Sé que la
muerte es inevitable y pone fin a mi existencia terrena, pero desde la
fe creo que me abre el camino a la vida que no se acaba, junto a Dios.
Por ello, yo,
el que suscribe (nombre y apellidos del pido que si por mi enfermedad
llegara a estar en situación crítica irrecuperable, no se me mantenga en
vida por medio de tratamientos desproporcionados o extraordinarios; que
no se me aplique la eutanasia activa, ni que se me prolongue abusiva e
irracionalmente mi proceso de muerte; que se me administren los
tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos. Pido igualmente
ayuda para asumir cristiana y humanamente mi propia muerte.
Deseo poder
prepararme para este acontecimiento final de mi existencia, en paz, con
la compañía de mis seres queridos y el consuelo de mi fe cristiana". Lo
que acabo de leer es la sustancia del Testamento Vital propuesto por la
Conferencia de Obispos Españoles, que no rezaron lo bastante para que la
selección de España, favorita de los Reyes Católicos, vaya a perder ante
los austriacos de Mozart y de Hitler. El testamento católico español es
para el presidente de la SEB un modelo apropiado para el que nuestro
organismo propondrá para no despertar oposiciones, quitado naturalmente,
el lenguaje de la fe, porque, añado yo, aunque aquí en Ecuador no seamos
muy practicantes, pecamos, sin embargo, sin condón, como Dios y el Papa
mandan.
Encarnizamiento Terapéutico
En el
fragmento leído no se usa el sintagma nominal "encarnizamiento
terapéutico", pero sí su equivalente: "Ni que se me prolongue abusiva e
irracionalmente mi proceso de muerte". Les voy a leer un fragmento de
uno de los centenares de modelos españoles que se muestran en la Red y
en el cual se describe claramente el sentido del encarnizamiento
terapéutico: "Esta decisión autónoma, que declaro mediante este
documento, debe prevalecer ante fenómenos irremediables, en situaciones
de patologías terminales o donde la ciencia no tenga respuesta con
respecto al cuidado de mi salud. Se trata, sin más, del respeto a la
dignidad humana, resguardándome como paciente del llamado
"encarnizamiento terapéutico", esto es, la prolongación de la agonía
cuando se sabe ciertamente que no se está curando o dando vida, sino tan
solo retardando el instante natural de la muerte. Frente a ello,
priorizo la autonomía de mi voluntad, en el sentido de garantizar el
derecho de oposición que tengo como paciente para poder protegerme del
exceso tecnológico y terapéutico".
El derecho de
oposición puede expresarse populacheramente del siguiente modo: Prefiero
morir sedado que no morir enchufado por arriba y por abajo, por delante
y por detrás.
Con esta
denominación, o la de obstinación terapéutica, se quiere designar la
actitud del médico que, ante la certeza moral que le dan sus
conocimientos de que las curas o los remedios de cualquier naturaleza ya
no proporcionan beneficio al enfermo y sólo sirven para prolongar su
agonía inútilmente, se obstina en continuar el tratamiento y no deja que
la naturaleza siga su curso.
Esta actitud
es consecuencia de un exceso de celo mal fundamentado de médicos y
profesionales de la salud por empeñarse en general en evitar la muerte a
toda costa, sin renunciar a ningún medio, ordinario o extraordinario,
proporcionado o no, aunque eso haga más penosa la situación del
moribundo.
La obstinación
terapéutica es gravemente inmoral, pues instrumentaliza a la persona al
subordinar la dignidad de una persona concreta a otros fines. La
Pontificia Academia para la Vida, del Vaticano, aseguró que el paciente
terminal "No sólo tiene el derecho de rechazar el encarnizamiento
terapéutico" sino que en ciertos casos ese rechazo "es un deber", pues
negarse a esos excesos "no constituye de por sí una forma de eutanasia".
"El encarnizamiento terapéutico se define como una intervención no
adecuada al logro de determinados objetivos en relación con la
conservación de la salud del paciente y a la prolongación de la vida".
Maurizio Calipari, teólogo moralista de dicha Academia y profesor de
Bioética en el Instituto Juan Pablo 11 para los estudios sobre
matrimonio y familia, definió el exceso terapéutico como "Maniobras que
no dan ningún beneficio al paciente, o causan beneficios tan leves que
no compensan los efectos colaterales de las curas o que, incluso,
provocan daños". Fundamentos humanísticos para rechazar el
encarnizamiento terapéutico y para pedir la mitigación del dolor y la
administración de tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos.
Hasta aquí me
he limitado a juntar fragmentos tomados de la Internet en el más pudro
estilo del Rincón del Vago cual si yo fuera un adolescente en apuros de
exámenes de secundaria. Algo habrá que ofrecer de reflexión propia. Sea
la primera que la vejez es el zaguán natural para dejar la vida en el
patio de la muerte. Esta aprehensión normal es fuente de temores y a
veces de ansiedades y depresión. Lo expresó bellamente el libro del
Eclesiastés: (citar). Los síntomas leídos en el Eclesiastés aumentan
mucho en enfermedades terminales dolorosas y ciertamente cuando se es
víctima del ensañamiento terapéutico. Nacidos nosotros en una
civilización de matriz católica de la España imperial que se llenó de
heroísmo y de crueldad en la larga lucha contra el Islam que ocupaba
territorio español, se privilegió el heroísmo del caballero, del
caballero cristiano. Aguantar lo más posible y sufrir muchísimo por amor
de Dios eran ideales de vida y de santidad. Yo llevé cilicio de muslo y
de cintura y me azotaba para expiar mis pecados y ayunaba entre 1946 y
1966. Este ensañamiento con uno mismo era una herencia cultural. Pero
ojo, atención, era esencial que los demás lo supieran para ser admirado.
Este era el sentido del honor que no es sino lo que otros piensan de
uno. Tremendo error de funestas consecuencias. El fundamento de la
persona no es el vano honor del mundo sino la conciencia propia
autónoma, analítica, libre para escoger continuamente aquello que me dé
felicidad y bienestar, gracias a una triple relación equilibrada, justa,
prudente y fuerte con el reino del espíritu y la trascendencia,, con uno
mismo y con los demás, sobre todo con los más humillados y ofendidos. En
esta triple relación radica el fundamento de la dignidad de la persona.
No radica, de ningún modo, en el honor que depende de la percepción
ajena, siempre falible por limitación de los sentidos, por las pasiones
y porque no nos hemos librado en el fondo, del afán opresor del poder,
de la avidez, la envidia y de otras pasiones del animal que somos y
seremos. Nuestra dignidad se basa en nuestra conciencia y nuestra
conciencia busca la felicidad. Desde este fundamento inalienable que
nadie nos puede quitar sino nuestra propia indignidad al doblar las
espaldas, dialogamos con la profesión más humanística y espiritual que
es la de los profesionales de la salud. Jesús, haya existido o no, es
presentado por los evangelistas como una persona plena cuya dignidad y
felicidad radicaba en curar enfermos físicos y mentales y en remediar
necesidades materiales y espirituales. Juan Montalvo se emocionaba ante
esta dignidad de Jesús. Ahora mismo el mundo se emociona ante la
dignidad de Nelson Mandela, invictus y siempre humano. Ahora bien, ha
habido una verdadera revolución copernicana en materia de salud en los
últimos cincuenta años: el médico, la médica, la enfermera, la auxiliar,
el auxiliar ya no son el sol a cuyo alrededor giran los planetas que
eran los enfermos. Ahora el enfermo es el sol, los profesionales de la
salud son los planetas. De aquí se sigue que el enfermo tiene la palabra
final siempre que responda a su propia dignidad, a las razones del
corazón y a las corazonadas de su mente. Y el corazón y la mente saben
que no somos inmortales, que no queremos, de ordinario, sufrir, que
anhelamos ser respetados decentemente por otros. Por este motivo radical
e insustituible decimos en los testamentos vitales: "Pido que si por mi
enfermedad llegara a estar en situación crítica irrecuperable, no se me
mantenga en vida por medio de tratamientos desproporcionados o
extraordinarios; que no se me aplique la eutanasia activa, ni que se me
prolongue abusiva e irracionalmente mi proceso de muerte; que se me
administren los tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos"
Decimos: "Esta decisión autónoma, que declaro mediante este documento,
debe prevalecer ante fenómenos irremediables, en situaciones de
patologías terminales o donde la ciencia no tenga respuesta con respecto
al cuidado de mi salud. Se trata, sin más, del respeto a la dignidad
humana resguardándome como paciente del llamado "encarnizamiento
terapéutico", esto es, la prolongación de la agonía cuando se sabe
ciertamente que no se está curando o dando vida, sino tan solo
retardando el instante natural de la muerte. Frente a ello, priorizo la
autonomía de mi voluntad, en el sentido de garantizar el derecho de
oposición que tengo como paciente para poder protegerme del exceso
tecnológico y terapéutico". Ya lo dijo la canción popular: "Apaga la
luz, Mariluz, que no puedo dormir con tanta luz". |