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VISIÓN POLÍTICA DE LA ENCICLÍCA CARITAS IN VERITATE
Dr. René Maugé Mosquera
Debo comenzar mi reflexión sobre encíclica social del sumo pontífice
Benedicto XVI que versa sobre El Desarrollo Humano Integral en la
Caridad y en la Verdad, agradeciendo a los organizadores por esta gentil
invitación a participar en éste dialogo de importancia no sólo para la
grey católica sino para la sociedad en su conjunto y lo hago en calidad
de activista político, por lo que, desde esta óptica abordare algunos de
los temas planteados por la encíclica. De paso quiero recordar que
encíclica viene de una voz griega que significa circular. Es un
documento pontificio escrito a la iglesia universal, exponiendo sobre
algún punto determinado, condenado los errores contrarios o resolviendo
alguna cuestión de capital importancia. En este caso el sumo pontífice
Benedicto XVI la dirige a los obispos, a los presbíteros y Diáconos a
las personas consagradas a todos los fieles laicos y a todos los hombres
de buena voluntad, lo que de por sí entraña una gran apertura e
invitación para el conocimiento y el debate de su contenido.
En los actuales momentos que están signados por un cambio civilizatorio
de enorme magnitud, preñado de incógnitas, nuevas interrogantes y
realidades en todos los órdenes del convivir y saber humano, el sólo
hecho de abordar el tema sobre el desarrollo humano integral desde la
óptica de la caridad y la verdad es un reto que responde a una necesidad
de reexaminar la condición humana y las nuevas circunstancias que la
rodean .
La encíclica consta de una introducción en la que se reafirma la
cosmovisión teológica de la iglesia católica, seguida de seis capítulos
que abordan los siguientes temas:
·
El mensaje de la populorum progressio
·
El desarrollo humano de nuestro tiempo
·
Fraternidad desarrollo económico y civil
·
Desarrollo de los pueblos derechos y deberes, ambiente
·
Colaboración de la familia humana
·
El desarrollo de los pueblos y la técnica; y,
·
Una conclusión que en lo fundamental es el planteamiento y la
afirmación de la necesidad de un humanismo que parte de Dios y del
compromiso que deben asumir los cristianos.
La encíclica, la caridad en la verdad, es una confirmación y
actualización de la doctrina social de la iglesia y por ello Benedicto
XVI se afirma en el pensamiento de sus antecesores en particular en la
encíclica Populorum y progressio publicada en 1967 por el Papa Pablo VI,
en la Pacem in terris de Juan XXIII, centencimus annus de Juan Pablo II,
Laborem exercens, de Juan Pablo II, Rerum novarum, de León XIII, otras
cartas pastorales, mensajes y documentos básicos de la iglesia.
Desde otra cosmovisión del mundo y de la humanidad, lo que no significa
desestimar importantes aspectos básicos de la cosmovisión cristiana,
comparto la afirmación contenida en el capítulo primero cuando dice: “En
realidad la creación de instituciones no bastan para garantizar a la
humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo, sino están acompañados
del desarrollo integral y la relación intensa entre la formación del ser
humano en una ética de la vida y ética social”.
Partiendo del criterio de que el ser humano tiene tres dimensiones: la
individual, la social y la antropológica, que coexisten íntimamente
interrelacionadas y que se influyen mutuamente concibo la ética de la
vida o Bioética en esas tres dimensiones, la individual, la social y la
antropológica para que los valores éticos surgidos de esta comprensión
tengan la fuerza que la iglesia propone.
En efecto, las instituciones no se auto dirigen, sino que son dirigidas
por personas concretas, históricas y reales las mismas que son
portadoras y encargadas de dar vida y continuidad a las instituciones a
partir de lineamientos, que bien las podemos llamar líneas de conductas
adoptadas o políticas. Las instituciones se degradan, se desvían de sus
objetivos o dejan de aplicarlos, cuando sus actores, hombres y mujeres,
se corrompen utilizándolas en provecho propios, familiar o de grupo o
las ponen al servicio de fines contrarios al bien común, esto es, a los
intereses de la sociedad. Si como lo expresa con gran lucidez Pablo VI
en la cita que trae la encíclica que comentamos, cuando dice: “lo que
cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de
hombres, hasta la humanidad entera”. En efecto la política, la economía
y el desarrollo deben estar al servicio de la humanidad entera y no como
sucede actualmente que un grupo de empresas transnacionales
pertenecientes a los Estados más poderosos se apropian del 75% del PIB
mundial, excluyendo del progreso, la economía de los bienes culturales y
espirituales a más de 3.000 millones de seres humanos y conduciendo a la
humanidad dentro de un vértigo de una desenfrenada carrera sin otro
objetivo que no sea el lucro, a un atolladero que lleva aparejado la
destrucción de la salud ecológica del planeta, la misma que es condición
para que el hombre realice sus designios terrenales.
Al entrar a tratar temas actuales y complejos que topan poderosos
intereses la encíclica advierte que “de ninguna manera pretende
mezclarse en la política de los Estados”. En efecto, el principio laico
demanda la independencia entre la iglesia y el Estado. Sin embargo sus
formulaciones plantean y recomiendan seguir una línea de conducta sobre
aspectos vitales sobre el desarrollo humano, la necesidad de una nueva
síntesis humanista y pone el dedo en la llaga sobre algunos problemas
generados por el actual tipo de desarrollo económico y sus deleznables
consecuencias, por lo que recuerda a los gobernantes y a todos quienes
tienen responsabilidades en el orden económico y social del mundo, que
“el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre y la
persona en su integridad” pues el hombre es el autor del centro y fin
de toda vida económico social. En el mejor de los términos, eso es la
política, una línea de conducta que se adopta frente a los problemas de
la humanidad, de la sociedad, de la naturaleza y del ejercicio el poder
para darles una solución en función del bien común. Santo Tomás de
Aquino que no es asimilable a las tesis de la izquierda contemporáneo
decía: “Homo est naturaliter politicus, id est, socialis” que significa
el hombre es político por naturaleza esto es social, continuando con la
tradición griega que articulaba su libertad en la vida pública de la
polis. Benedicto XVI comprende que a pesar de tantos artefactos
individualizantes de la vida moderna la libertad de los modernos, se
reduce a una caricatura empobrecida porque le falta la voluntad de
emancipación y auto realización que es la base de toda libertad y le
falta la dimensión social, que es la dimensión que mas define al
hombre.
En el capítulo segundo la encíclica aborda el desarrollo humano en
nuestros tiempos y reconociendo que en los últimos tiempos el desarrollo
ha sido y sigue siendo un factor positivo que ha sacado a millones de
personas de la miseria sin embargo, reconoce que la crisis actual que en
esencia es la producida por el modelo neoliberal ha puesto de manifiesto
desviaciones y problemas dramáticos, para decirlo con las palabras de
la encíclica “los efectos perniciosos sobre la economía real de una
actividad financiera mal utilizada y en buena parte especulativa, los
imponentes flujos migratorios, frecuentemente provocados y después no
gestionados adecuadamente, o la explotación sin regla de los recursos
de la tierra, a puesto por primera vez el interrogante sobre la
viabilidad el destino de especie humana.
La encíclica señala que “la ganancia es útil si, como medio, se orienta
un fin que le dé sentido tanto en el modo de adquirirla como de
utilizarla. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido
mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir
riqueza y crear pobreza” Lamentablemente esto es lo que sucede en el
mundo. La explotación irracional de los recursos produce la devastación
del medio ambiente en proporciones gigantescas, exterminando bosques,
humedales, contaminando mares y ríos, destruyendo la capa de ozono,
liquidando miles de especies vegetales y animales, acrecentando y no
disminuyendo en términos geométricos el desbalance entre ricos y pobres;
así, las 350 personas más ricas del planeta poseen tanta renta como el
40 % de la población mundial más pobre. Esta realidad y lo que conlleva
lo entiende todo el mundo, pero se hace poco para detenerlo y cambiar el
rumbo. Las elevadas tasas de desigualdad producidas por el actual
modelo de desarrollo en el mundo no son compatibles en democracia con
la paz y la seguridad ni con la propia estabilidad de la democracia y la
proyección de sus contenidos económicos, sociales y políticos. La
encíclica y la Iglesia consignan estos hechos. Es tarea de los
políticos y la política enfrentarlos y buscarles una solución.
Me parece muy importante resaltar la constatación por parte de la
encíclica de que los procesos contemporáneos denominados como
desregulación del trabajo, expresión eufemística de la inseguridad y
falta de garantías laborales, han llevado a la reducción de la red de
seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas
competitivas en el mercado global, con la destrucción de derechos
adquiridos por los trabajadores, el debilitamiento de las
organizaciones sociales y sus dificultades para desarrollar su tarea de
representación de los intereses de los trabajadores. La encíclica
aborda en el ámbito social los estragos que produce el hambre y
recuerda el precepto bíblico de “dar de comer a los hambrientos” como un
imperativo ético para la iglesia universal y en una meta en la era de la
globalización de eliminar el hambre en el mundo no sólo como un elemento
de solidaridad y de caridad en la verdad sino para salvaguardar la paz y
la estabilidad en el planeta, resalta la encíclica, el derecho a la
alimentación y al agua como derechos universales de todos los seres
humanos, el no descuidar una reforma agraria ecuánime en los países en
desarrollo. Esto evidentemente debe concretarse en políticas de los
Estados.
La encíclica topa otro aspecto importante relacionado con la ciencia, la
política y la economía que es el tema del respeto a la vida, La
encíclica señala que: “la apertura a la vida está en el centro del
verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación
o la supresión de la vida, acaba por no encontrar la motivación y la
energía necesaria para esforzarse en el servicio del verdadero bien del
hombre”. La encíclica pone el acento en legislaciones, costumbres y
praxis del control de la natalidad.
Considero que el tema del aborto y la contra concepción son temas en
debate dentro de la ética pero si nos referimos a la vida como el bien
más preciado que tiene el ser humano, fundamento de otros derechos
humanos no se puede soslayar la existencia de una política de la muerte
o tanato política que está detrás del modelo del desarrollo, la
prelación del gasto en armas de destrucción masiva, nucleares, químicas
y bacteriológicas y convencionales, convertida en la primer industria y
negocio del mundo, que promueve guerras, causando daños materiales
humanos psicológicos y de todo tipo, los grandes negocios de las
farmacéuticas; y sus experimentos en seres humanos, sobre todo en el
tercer mundo y el gran negocio de las drogas en no pocos casos ligados
al sistema financiero. El desarrollo humano integral tal como dice la
encíclica requiere de la correlación entre sus múltiples elementos y
exige un esfuerzo para que los diferentes ámbitos del ser humano sean
interactivos; siendo consecuente con esta línea de conducta debe existir
una exigencia para que por lo menos una parte de las ingentes sumas que
se destinan a las industrias y a la política de la muerte sean
orientadas al desarrollo de la cultura la instrucción y el
perfeccionamiento espiritual de los pueblos a través de la enseñanza de
la condición la comprensión y la ética del género humano.
Respeto, pero no comparto el punto de partida del capítulo tercero que
trata sobre fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil; cuando
retrotrae al dogma del “pecado de los orígenes”, esto es, el pecado
original, para la explicación, que propiamente se convierte en una
justificación de algunos fenómenos adversos económicos, sociales y
políticos como ámbitos en que se manifiestan los aspectos perniciosos
del pecado original. Aceptar este punto de vista nos conduciría a un
fatalismo y a la imposibilidad de superar estructuras, modelos,
antivalores y conductas del hombre, que si pueden ser superados con una
nueva formación que promueva el conocimiento y aborde los problemas
globales de manera de comprender las realidades en sus contextos,
complejidades y conjuntos, tal como lo insinúa la propia encíclica
Concuerdo con la posición de la iglesia que la actividad económica no
debe considerarse antisocial, pero la primera tarea de una visión
política de la economía es rechazar la metafísica del libre mercado sin
controles, que confunden mercado con sociedad. Los mercados funcionan
porque debajo existe un orden social que lo permite, detrás de cada
mercado hay una comunidad humana en la que aquel se apoya y es en la
comunidad donde residen los valores de las libertades colectivas.
Me parece importante y digno de resaltar la afirmación del punto 37
sobre el hecho que a doctrina social de la iglesia ha sostenido siempre
que la justicia afecta a todas las fases de la actividad económica,
porque en todo momento tiene que ver con el hombre y sus derechos. A
este respecto cabe recordar que en sus orígenes el cristianismo fue la
religión de los esclavos, de los libertos, de los excluidos de la
sociedad esclavista y que jugó un rol muy importante en la lucha de los
esclavos por la justicia que en aquel momento significaba la libertad y
la igualdad. Hoy la libertad es de la aplicación de la igualdad que es
el primer esquema distributivo de la libertad.
La encíclica nos dice también que toda decisión económica tiene
consecuencias de carácter moral y que así lo confirman las ciencias
sociales las tendencias de la economía contemporánea; en efecto, las
grandes decisiones en economía no sólo que afectan a la justicia
distributiva y retributiva sino que afectan a la igualdad, al progreso
social a la solidaridad, a la libertad y a la caridad concebida esta
última en los términos de la encíclica.
Un último aspecto que quiero comentar y que lo considero fundamental es
el referido a la Colaboración de la Familia Humana comprendido en el
capítulo V. Debo decir que comparto la mayoría de los planteamientos
que parten de la tesis de que: “el desarrollo de los pueblos depende
sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia” y que
la “interacción entre los pueblos del planeta nos urge a dar ese
impulso, para que la integración se desarrolle bajo el signo de la
solidaridad en vez de la marginación”.
Como lo ha señalado el físico Vernadski: “Por primera vez el hombre a
comprendido realmente que es un habitante del planeta y tal vez piensa y
actúa de una manera, no sólo como individuo, familia o género, Estado o
grupos de Estado, sino también como planetario”. Este pensamiento lo
podemos asimilar a las mentes más lúcidas, como la del sumo pontífice,
pero lamentablemente esta conciencia no existe en la masa de millones de
seres de los 7.000 millones que poblan el planeta.
Benedicto XVI nos dice que se siente con urgencia la necesidad de “un
ordenamiento político, jurídico y económico que incremente y oriente la
colaboración internacional hacia el desarrollo de todos los pueblos” y
es más, adelanta la idea de que urge la presencia de una verdadera
“autoridad política mundial” como fuera esbozada por el Papa Juan XXIII
para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas
por las crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios
consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral la seguridad
alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y
regular los flujos migratorios.
Después de la diáspora de la humanidad desde sus orígenes, hemos entrado
a la era planetaria que requiere como lo dice la encíclica comprometerse
a la realización de un autentico desarrollo humano integral inspirado en
los valores de la caridad en la verdad.
Añadiría desde mi óptica la necesidad de producir una conciencia y un
sentido de pertenencia mutuo que supere falsos conceptos, prejuicios e
intereses desmedidos e ilegítimos. Como lo señala el filosofo Edgar
Morin: “el siglo XX fue el de la alianza de dos barbaries: la primera
viene desde el fondo de la noche de los tiempos y trae consigo guerra,
masacre, deportación, fanatismo. La segunda, helada, anónima, viene del
interior de una racionalización que no conoce más que el cálculo e
ignora a los individuos, sus cuerpos, sus sentimientos, sus almas y
multiplica las potencias de muerte y de esclavización técnico-
industriales”.
Deseo concluir esta exposición con una reflexión en defensa de la
política, término denostado sistemáticamente y al que un discurso
público disléxico le quiere endosar las limitaciones, las cegueras del
desconocimiento, los intereses bastardos y el egoísmo de determinados
grupos de poder y de individuos- Es lo mismo que si los pecados humanos
se los endosara a los diez mandamientos.
El ser humano es un ser sociable pero también egoísta. Por esa razón se
requiere y se invento la política para que los conflictos de intereses
se resuelvan de otra manera que no sea la violencia, la guerra, el
exterminio.
La política presupone desacuerdo, conflictos y contradicciones por ello
la política es la gestión pacífica de los conflictos, de las alianzas y
de las relaciones de fuerzas, no sólo entre individuos, sino a escala de
una sociedad, de los Estados y del mundo.
La política irónicamente nos une oponiéndonos, y como lo expreso el
filosofo Francés Alain: “hemos de interesarnos por la política; si no lo
hacemos, seremos cruelmente castigados”.
La encíclica Caritas In Veritate nos invita desde una profunda reflexión
cristiana a formular y hacer una política diferente.
Quito, 24 de Febrero de 2010 |