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HUMANISMO Y MEDICINA
Fernando DOMINGUEZ
“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones,
los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio
muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y
viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel
lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero, un samaritano, que iba de
camino, vino cerca de él, y viéndole, tuvo compasión de él; y
acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole
en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir,
sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: cuídamelo; y todo
lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese”
(Lucas 10, 30-35).
LA
INDOLENCIA HUMANA
Han
pasado 2000 años del relato que conmovió a tantas generaciones. La
indiferencia por el prójimo caído, por el prójimo herido es una realidad
tan de todos los días que termina siendo solo noticia y un número más en
las estadísticas de la infamia establecida y hasta respaldada por las
instancias donde sus representantes juraron en nombre del honor respetar
la vida en todas sus manifestaciones.
A
donde orientemos nuestros ojos las evidencias de la injusticia tienen la
marca de lo que significa sufrir. Manitas extendidas porque sus padres
no volvieron, rostros envejecidos de tanto enfrentarse con el viento,
piececitos acurrucados en cualquier esquina prematuramente endurecidos
en la espera de que alguien cuide sus cuerpitos, sus sueños; ojitos
limpios pero tristes donde la bondad pasó sin detenerse. El tiempo
parece inextinguible; sin embargo, nadie lo detiene. La indolencia
humana es parte vergonzosa de ese camino.
Han
habido voces, entregas generosas para que el llanto de los niños sea
menos llanto, así es. Cuántas voluntades bien definidas a fuerza de
imposibles trazaron los caminos por donde pasaron la sonrisa y la salud
tomadas de la mano.
El
nuevo siglo nos encuentra en una situación de dramática incertidumbre.
Hay días en que no quisiéramos seguir; sin embargo, la fuerza de la vida
es fuerza. En su nombre seguimos en la caravana sin saber a dónde mismo
nos lleva esa aventura.
CIENCIA Y TÉCNICA
Irracional sería negar las bondades inmensas que la ciencia y la técnica
han hecho en bien de la especie, pero cuando la soberbia de algunos
seres humanos se ha desbordado, el dolor que ha quedado como huella
imborrable de esa diabólica arrogancia es algo que la mente no alcanza
a entender.
El
planeta y la vida parecen estar a la deriva. El panorama que tenemos
sobre el futuro de la Tierra es francamente dramático. Entendidos en el
tema dicen que el tiempo actual es semejante al de las épocas de gran
ruptura en el proceso de la evolución, caracterizadas por destrucciones
en masa. Al ser así, la humanidad está en una situación inaudita. Está
en su responsabilidad decidir si quiere continuar viviendo o los hijos
de nuestros hijos serán los últimos representantes de la especie.
La
confrontación que se ha dado entre la cultura humanista y la científica
no es nueva y se ha expresado de varias maneras. Hay que apelar a la
humildad inherente a la grandeza de seres superiores para que se tienda
un puente que posibilite ese encuentro necesario e impostergable que
haga real esa empresa de sin igual nobleza donde los seres humanos se
respeten y vivan contentos por cada mañana de luz, por cada sonrisa
agradecida.
“¡Maestro, maestro, los dioses que invocamos se han desbandado!”,
gritaba el aprendiz de brujo en la desesperada expresión de Goethe. Los
abusos de la ciencia y de la técnica a partir de la revolución
industrial son incontables; la medicina no escapa a ellos. Sin embargo,
eso no nos bloquea ni nos limita. Lo que ha hecho es que en nombre de la
maravilla y del asombro que constituye la vida, levantemos la frente y
tomados de la mano invitemos a todos los hombres de “limpio corazón”, a
todas las mujeres para que con su vocación de cuidado hagamos de este
mundo un espacio donde jueguen y canten los niños como cantan los
jilgueros en cada amanecer.
Por
lo dicho, estimo que el estudio y el ejercicio de la medicina demandan
en gran medida de ese espíritu, de esa decisión que otrora orientó a la
humanidad.
La
ciencia y el arte en medicina son de hace mucho tiempo. Es bastante lo
que se ha escrito sobre las potestades y limitaciones de cada elemento
en la ya larga tarea de aliviar al enfermo y al herido.
Tal
vez, un poco más que las otras actividades que afectan a nuestra
supervivencia, la medicina depende del contexto cultural en el que
ejercemos, pues, la acción terapéutica tiene que ver con la esencia
misma de nuestro destino: nacer, sufrir, morir.
LA
INJUSTICIA SOCIAL
Hay
grandes problemas que amenazan seriamente la supervivencia de la vida en
el planeta; uno de ellos es la injusticia social.
¿Cuánta violencia e injusticia es capaz de soportar el espíritu humano?.
Acaso no es injusto que el 20% de la humanidad posea el 83% de los
medios de vida y que el 20% más pobre se tenga que contentar con sólo el
1.45%. Es injusto y cruel mantener a mil millones de seres humanos en la
extrema pobreza. Es injusto y perverso dejar morir cada año a 40
millones de seres humanos estrictamente por hambre. Es injusto, perverso
y cruel que 14 millones de niños mueran cada año antes de cumplir cinco
días de haber nacido.
Esta
catástrofe social no es inocente ni natural. Es el resultado directo de
una forma de organización económico-política y social que privilegia a
unos pocos a costa de la explotación inmisericorde y de la vergonzosa
miseria de las grandes mayorías. El desarrollo de los explotadores es
irracional, indecente y malvado.
Este
sistema se mantiene por el miedo; hay que decirlo y en voz alta. Usa
todos los días la violencia económica para perpetuarse. Cuando urge,
acude también a la agresión militar. Por eso, cada minuto destina
1.800.000 dólares para armas de muerte.
El efecto perverso
es innegable. La gran mayoría de la humanidad no tiene medios de
sustento. Cada día es una desolación. Esa violencia supone una agresión
a la Tierra, pues, los seres humanos son la propia tierra hecha
inteligencia y conciencia[1].
No
podemos, no debemos estar indiferentes ante realidades de abusiva
condición, la mayoría de ellas con ropajes de escandalosa hipocresía. El
simple hecho de ser lo que somos ha de darnos la frontalidad y el coraje
para exigir niveles elementales de justicia.
EL
ARTE DE CURAR
Ante
la despiadada avalancha de fría inhumanidad que en forma desnaturalizada
avanza por el mundo, especialmente en Occidente, es necesario acudir a
la memoria de la especie y recordar que en lejanísimo siglo (Egipto) el
díos de la sabiduría, dormido, tomaba la forma del corazón, así como el
jeroglífico que significa “ser bueno”. En el templo del díos de la
sabiduría, en esa “Casa de vida”, es donde el médico aprendía el arte de
curar.
Era el díos Thot,
el díos compasivo encargado por Ra de proteger a la humanidad. Para los
egipcios el saber de los médicos procedía de los dioses. Sin embargo, el
saber no basta para ser un buen médico, su condición es inseparable de
la de ser sacerdote (sagrado). No sólo hay que estudiar cuando se es
joven, prepararse mucho y por largo tiempo para que la ciencia al
convertirse en algo natural, se acreciente por si misma, sino que
también es indispensable tener buenas costumbres, pues, “las cosas
sagradas sólo deben enseñarse a las personas puras”[2].
Muchos e innegables son los beneficios de la ciencia a la medicina. De
todos los campos que aún quedan por ocupar, ninguno es tan grande como
el que tiene que ver con la dimensión anímica y espiritual del ser
humano en su relación con la familia y la sociedad. En los años por
venir, a más de la genética y la biología molecular, el afán de la
medicina he de dirigirse al sistema nervioso, ese mundo misterioso donde
danzas moleculares de asombrosa complejidad dan origen a la decencia y a
la alegría, a la sonrisa o al olvido.
LA
COMPASIÓN EN MEDICINA
El peligro actual
de la medicina tal vez radique en el hecho de tener una excesiva
seguridad y confianza en las aplicaciones de la ciencia y en la
posibilidad que lleguemos a perder la antigua y apremiante
característica de la medicina: la compasión, el deseo de auxiliar al
enfermo, al herido, al menesteroso. No puedo negar la importancia, le
valía de la ciencia, tampoco niego la relativa impotencia del enfermo o
del herido, del menesteroso al quedar abandonado a sus propios recursos[3].
Lo que hace falta es juntar los dos recursos y en un acto de compromiso
insobornable fundar de nuevo la esperanza sobre la Tierra.
Es de
anotar aquí que el móvil primordial de la práctica de la medicina, la
compasión del samaritano por el herido en el camino a Jericó, es la
causa y la razón que marcó nuestra vocación; al menos, de la mayoría.
Para
el ejercicio de la medicina hay que prepararse esmeradamente por largo
tiempo; en esa preparación han de salir a luz aquellos “talentos” de los
que habló tan amorosamente Eugenio Espejo. Mucho tiempo atrás,
Hipócrates (c. 400 a. C.) invitaba a la excelencia a quienes se
preparaban para médicos, indicando que esa categoría se alcanza
solamente en base a la exigencia personal lo cual implica vocación,
capacidad y, sobre todo, una inmensa dosis de sacrificio y entrega. A la
par, el “Padre de la Medicina”, orientó a sus discípulos de todos los
siglos a que su vocación fuera completa no sólo estudiando medicina sino
nutriéndose también con otros saberes que dan categoría y lustre a su
existencia. La profundidad y la riqueza de su mensaje tiene resonancias
conmovedoras; dice así: “Los médicos que sólo hablan de medicina ni de
medicina saben; en tanto que los médicos que filosofan, se asemejan a
los dioses”.
Por
esta categoría, considerada divina o casi divina en otros tiempos, el
médico no puede de defraudar jamás la confianza del enfermo, del herido,
de quien lo necesite. Frente a esa confianza el verdadero medico, en
acto de oblación sagrada pondrá como testigo a su conciencia en su mejor
expresión: la decencia.
Dichosamente vivimos en un tiempo en que la trágica y bien que benévola
impotencia del médico frente a la criatura enferma, generalmente ya no
se da. Sin embargo, frente a toda la beneficencia de la medicina hay un
nuevo peligro que ronda cercanamente en la vocación y en el ejercicio
médicos. Ese es el hecho de tratar a los seres humanos enfermos como
casos acompañados de un montón de notas.
EL
ENFERMO
El
ser humano enfermo es el ser más desvalido; el más necesitado de
atenciones y cuidados; ha perdido su fuerza, hay poca luz en sus ojos
mustios; sus manos sudorosas tiemblan; su corazón parece desbocado; su
mismo nombre impresiona como incompleto. Llegar a él, a ella, atenderlos
solícitamente; devolver la sonrisa al niño y la alegría a su madre, eso
es lo que hace que la medicina se la más santa, la más hermosa, la más
llena de nobleza entre todas las profesiones. Al ser así, es de nuestro
honor no estar en ese grupo de gentes a quienes B. Pascal airadamente
increpaba así: “Ah Doctores, doctores, cómo me place llamaros
veterinarios”.
No se
puede negar la entereza, la entrega, la capacidad de los profesionales
de la salud en cualquier latitud del mundo; sin embargo, hay tantas
quejas de la mala práctica médica.
En estos tiempos,
es de gran beneficio recordar lo que decían nuestros maestros que “toda
la medicina, la mágica y misteriosa relación entre el médico y el
enfermo, que tanto contribuye al proceso curativo, está basada e saber
hacer una buena historia clínica”[4].
Es
importante recordar que “el diálogo, que permite hacer una buena
historia clínica, tiene ya de por sí, una indiscutible función
curativa”.
En la
época actual, en que el mercado de las cotizaciones históricas ha
disminuido el valor del médico tanto como el que se ha incrementado el
de la medicina, el médico como profesional debe poseer una fecunda
imaginación científica a la que acompañe una comprensión individual y
social del ser humano enfermo.
La
medicina no es ciencia exacta; bien lo sabemos. Hay mucho de
impredecible en las reacciones individuales. Cuánto de vulnerabilidad es
atribuido al estrés, a los golpes de la vida que los seres humanos
reciben. De ahí que el enfermo pobre que es la mayoría en nuestro país,
que tanto ha sufrido por su miseria, mala alimentación, desnutrición,
desamparo social y estatal, esté en evidente desventaja ante la
enfermedad. Por esto es que el médico a más de recetar la sustancia
medicamentosa cuánto bien hace en estimular en el enfermo la voluntad de
curarse. Debe motivar en él una fe inmensa, inquebrantable y también en
él (médico) que vale por lo menos tanto como la medicina administrada.
SER
MEDICO
Hay
que agregar a lo dicho la más exquisita cortesía y dulzura, dones
preciosos que a veces se pierden con la prisa del médico bastante
frecuente en las grandes ciudades.
La
información del médico no debe ser mera erudición, pues ello empañaría
la claridad de sus ideas. “Cuando la mente del médico –decía Marañón- se
detiene en demasiados puntos de erudición informativa se llena de algas
y moluscos parásitos”. Hay que evitar siempre el dogmatismo científico,
acaso el peor de todos.
Otro
de los esnobismos actuales en medicina son “las bibliografías excesivas
y barrocas –verdadero orgasmo intelectual, innecesaria neurosis
bibliográfica-“, según F. Martí Ibáñez. El médico ha de preferir la
claridad, la ‘verdad’, pues, bien sabemos que las verdades son
transitorias y relativas en comparación a la claridad que es perdurable
porque es luz.
El
médico siempre tendrá presente que es él mismo fuente de energía
curativa que viene de sus conocimientos, de su entusiasmo, de su sentida
humanidad (compasión). En lo más limpio de su ser debería grabar con
signos indelebles la frase de Nothnagel (Viena). Dice así:”Sólo un
hombre bueno puede ser un buen médico”.
Ser
médico es una aventura fascinante: en ese camino hay alegrías y
decepciones, éxitos y frustraciones, tantos desengaños. La historia de
la medicina nos enseña que ser médico, en el verdadero sentido de la
palabra, no es solamente ser un hombre sabio, sino, sobre todo, un
hombre bueno. Ser médico significa ser hombre o mujer completos, que
actúen en la ciencia con calidad e integridad; que todos los actos de su
vida tengan la marca de la excelencia; que la calidez humana sea su
mayor tesoro, su mejor identificación.
Ser
médico es mucho más que ser un simple recetador de pastillas o un
carpintero que “remienda y compone carnes y almas rotas”. El médico ha
sido y es piedra angular sobre la que se asienta la sociedad desde su
lejano origen en las plazas de Atenas.
Ser
médico implica tener veneración por la vida, devoción en todo lo que
hace y conciencia de su grandeza evidenciada en la más diáfana humildad.
Ser
médico significa nutrir todos los días la dignidad de nuestra profesión
siendo humanos, amables, gentiles y honestos. Cuidar como caballeros que
nuestra palabra no ofenda más la sensibilidad herida de quienes sufren.
Al enfermo hay que llevar la curación cuando se pueda; el alivio, a
veces; la esperanza, siempre. Y, cuando seamos testigos de injusticias,
Hipócrates, Vesalio o E. Espejo jubilosos danzarán en el Olimpo al ver
el coraje y la altivez de sus médicos.
Ser
médico no es sólo dar diagnósticos o informar resultados de laboratorio;
es, sobre todo, llevar acciones y palabras de consuelo, de fe, de cariño
a esos seres humanos partidos por el dolor o la desgracia.
Ser
médico significa vivir con los cinco sentidos abiertos a la dureza de la
vida, a las ingratitudes; y, sin embargo, no dejar de vibrar con la
hermosura de todo lo viviente incluido el silencio luminoso de los
astros en la noche.
Ser
médico es recibir al niño sano como verdad buscada, don precioso de la
vida; es cuidar al ser humano en su grandeza o en sus horas muy negras;
es extender compasivas sus manos a esas manos que misteriosamente
comenzaron a enfriarse casi al mismo tiempo que los latidos dejaron de
ser latidos. Es dar compañía fiel cuando los ojos dejan de ser ojos
tornándose espacios fríos y conmovedores. La última lágrima queda
temblando y parece decir: ¡Nunca más!
Ser
médico no es asunto de aficionados o mercaderes; implica haber nacido
para la grandeza y para contribuir en la ascensión de la especie con
actos transformadores que den razón y nobleza al linaje.
LA
CONCIENCIA DEL MÉDICO
“En
el proceso de humanización, las primeras evidencias de tecnología
aparecieron hace dos millones y medio de años. Y la cuestión es si el
proceso nos ha hecho realmente humanos o si nos falta camino por
recorrer...”
Tantas veces se acusa desproporcionadamente a la técnica. La técnica es
consustancial al ser humano. Lo que hay que cuidar es no abusar de ella.
Es oportuno citar aquí lo que dijo Heidegger: “Donde la técnica impera
hay, en el más alto de los sentidos, peligro. Pero donde está el
peligro, allí nace lo que salva”.
Como elemento
determinante en el proceso de hominización –difícil precisar la fecha-,
sí aparecen datos interesantes de las características que amplían el
horizonte misterioso de nuestras originalidades: la conciencia, el
lenguaje, la técnica, el amor, el arte, la religiosidad. Pero, lo que
realmente nos identifica y singulariza es la complejidad[5].
El
ser humano es un ser racional e irracional, capaz de cordura o
estupidez. Sujeto donde es posible ese amor que trastorna o que hiere;
él sonríe, ríe, llora, pero también aprende y conoce; a veces, es serio
y distante; otras, es capaz de ternura y hasta de heroísmo; es ebrio y
danzador, también llora en la muerte del amigo y sufre cuando su niña
sufre; es capaz de amor y de odio, de imaginar y de sentir, que sabe y
habla de la muerte aunque no cree en ella. Que en su vida hay símbolos y
magia; de cuando en cuando filosofa y gusta de la ciencia. Desde que
sintió miedo en remotísimas edades está poseído por los dioses, a veces,
duda de ellos, en grande necesidad los implora, pasado el peligro ya no
importan tanto. Critica todas las ideas. Se nutre de conocimientos
comprobados y qué bien se siente con ilusiones y fantasías que le ayudan
a que su paso por la Tierra no se tan pesado.
La
realidad y la vida del ser humano lo son de un organismo cuya naturaleza
se distingue cualitativamente, y no solo por su mayor complejidad de la
común naturaleza cósmica, comprendida en ésta la del organismo animal.
Nuestra distintividad está en que podemos pensar, sentir, elegir y
estimar. Gracias a la particularidad de nuestra corteza cerebral somos
capaces del pensamiento formal, abstracto y racional. Desde Aristóteles
la racionalidad es nuestra mayor identificación, pero, no es menos
cierto que somos inteligencia sentiente, que tenemos una gran capacidad
afectiva que también distingue a los seres humanos y contribuye a que
los médicos lo seamos en plenitud cuando hacemos de nuestra humanidad
(compasión) con los que fallan y con los que sufren la razón y el
sentido de nuestro caminar.
Los seres humanos
somos capaces de reconocer y compartir nuestro sentir, nuestro sufrir y
nuestro amar. Esta dimensión afectivo-compasiva es tan importante como
la intelectual, en algunos casos, más significativa, incluso, que la
intelectual. Tal explica porqué la “inteligencia emocional” en un ser
humano supera con creces a lo específico de la inteligencia. Una persona
está más humanizada cuando también se han desarrollado su sensibilidad
afectiva y han abierto paso a toda la potencialidad del querer, del amar[6].
DECISIÓN DE AVANZAR
Este lenguaje
parece utopía, más aún, en un mundo donde el capitalismo aplasta
desvergonzadamente las iniciativas de redención humana. Sin embargo,
desde esa utopía, desde ese “emocionar” nos levantamos y estamos
decididos a avanzar y es que las utopías inspiran en el ser humano un
ánimo de nostalgia, “una añoranza por la convivencia humana donde
prevalezcan el respeto, la equidad, la armonía estética con el mundo
natural, y la dignidad humana. Pero, ¡cómo puede añorarse lo que no se
conoce? si vivimos en una cultura centrada en la competencia, que
justifica la negación del otro…. ¿Cómo es que podemos apreciar y desear
un vivir utópico en la colaboración y en el respeto por el otro? si
vivimos en una cultura que legitima la discriminación, una cultura que
continuamente nos invita a parecer lo que no somos (…) y vivir en la
continua mentira de pretender lo que no se es (…)”[7]
LA
MEDICINA OFENDIDA
La
conciencia del médico tiene el nombre de responsabilidad y vale más que
cualquier otra categoría. La responsabilidad es inseparable de la
decencia; cuando así sucede, no hay cabida para la envidia que tanto
daño hace a esos seres que van por el mundo arrastrándose en su
pequeñez.
La medicina, ahora
más que antes, está amenazada en su nobleza e imagen. Hay doctores
–felizmente muy pocos- que con su conducta la ofenden, la disminuyen.
¿Quién puede explicar el porqué de tales conductas? ¿Será acaso la
injusticia, la soberbia, la envidia? No soy quien para juzgar. Sin
embargo, considero de valía actual lo que J. Ingenieros dijo sobre la
particularidad con la que el ser humano se envenena voluntariamente: la
envidia. “Shakespeare trazó una silueta definitiva en su Yago feroz,
almácigo de infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de
todas las falsedades. El envidioso pertenece a una especie moral
raquítica y mezquina, digna de compasión y de desprecio (…) se resigna a
ser vil (…) nunca sabe reír de risa inteligente y sana. Su mueca es
falsa…el envidioso pasivo es de cepa servil. No retrocede ante ninguna
bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte…Es serio, por
incapacidad de reírse; le atormenta la alegría de los satisfechos; sabe
que sus congéneres aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la
irremediable inferioridad… Y es cobarde para ser completo; se arrastran
ante los que turban sus noches con la aureola del ingenio luminoso, besa
la mano del que le conoce y le desprecia. Se sabe inferior (…) Todo
rumor de alas parece estremecerlo como si fuera una burla a sus vuelos
gallináceos (…) ¡Si pudiera organizar una cacería de águilas o decretar
un apagamiento de astros! Envidiar es una forma aberrante de rendir
homenaje a la superioridad”. El médico y filósofo argentino continúa y
dice: “La dicha de los fecundos martiriza a los eunucos vertiendo en su
corazón gotas de hiel que los amargan por toda la existencia; es dolor,
es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible de
su talento en la acción o el pensar. Las palabras y las muecas del
envidioso se pierden en la ciénega donde se arrastra, como silbidos de
reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la altura.
Sin oírlos”[8].
EL
EJERCICIO DE LA MEDICINA
Desde
su origen la medicina fue la mayor referencia de la humanidad. Seres
humanos definidos en la excelencia señalaron rumbos por donde avanzar.
El ejercicio de la medicina está a cargo de los médicos, seres humanos
como los demás, con limitaciones sí, pero con esa distintividad que lo
hace único: su capacidad y vocación para el encuentro con el enfermo. Y
es que al abrirnos a los demás, a los desvalidos, a los heridos, a los
que poco o nada tienen, al intentar comprender sus ideas y actitudes,
nos percatamos que también podemos aceptarnos como somos. En la
franqueza y cercanía del encuentro hasta es posible regalarnos mucho de
nuestra propia persona. Al sentirnos aceptados por los demás, adquirimos
una confianza fundamental. Sintiéndonos libres y respaldados en el
respeto podemos consagrarnos a la misión que la vida nos confió.
El
conocimiento científico es sustancial en la acción del médico. La
personalidad del enfermo y del médico en mucho definen los resultados de
la relación terapéutica, pero, lo que realmente da valía a dicha
relación es la auténtica comunicación, experiencia enriquecedora para
los dos, que tantos la consideran como un regalo invalorable.
Para
que lo dicho así sea, el médico ha de tener ideas muy claras acerca de
lo que él puede hacer y lo que el enfermo quiere. El médico puede pensar
que con un poco de sentido común y algunos conocimientos de psicología
puede despejar las preocupaciones o tribulaciones del enfermo.
En
los tiempos actuales es importante que el médico no trate de abordar
todas las especialidades. Es de justicia que reflexione sobre sus
posibilidades y límites y no aspire a ser experto en todo. Ha de evitar
asumir el papel de sacerdote vestido con ropajes científicos y médicos
aunque los enfermos así lo quieran.
Los
médicos han de distinguir siempre cuándo hay que apoyar su actuación en
la ciencia y cuándo en la simple y efectiva humanidad.
En
definitiva, no conseguiremos ayudar al enfermo sino en la medida en que
nosotros mismos seamos existencia, es decir, seres para el encuentro,
seres para los demás, seres para algo (...) No se puede demostrar la
veracidad de esta afirmación, no es lícito creer en ella, que nos
resulta evidente así que recibimos el don de devenir existencia; es ahí
entonces donde sentimos la fuerza que reside en nosotros y que nos lleva
a la acción.
Es de sentido común
el asociar ciencia y filosofía; sin embargo, no hay que confundirlas.
Así no perderemos de vista la totalidad del ser humano ni siquiera
cuando únicamente podamos conocer, estudiar y tratar una parte de él. Al
reconocer al enfermo en su integridad abarcadora las puertas estarán
abiertas para el encuentro entre personas. Cuando se produce el “regalo”
de esa comunicación sustentada entre dos seres humanos, “(...) cabe
preguntar si la misma personalidad del médico no se convertirá
legítimamente en fuerza curativa, sin necesidad de magos ni taumaturgos,
sin que intervenga la sugestión o cualquier otra forma de espejismo. La
presencia de una personalidad que a lo largo de instantes se consagra
por entero al enfermo es infinitamente gratificante. El tener a
disposición a un hombre inteligente, con la fuerza espiritual y el poder
de convicción de un ser bondadoso sin reservas, despierta en el otro
–también en el enfermo- esas potencias inaprensibles que se llaman
confianza, voluntad de vivir y autenticidad”[9].
ANTROPOLOGÍA Y SUFRIMIENTO
El
ser humano es un ser social, un “ser-en-relación”, alguien que en la
relación se comunica con o sin su voluntad. Los médicos tenemos
responsabilidad ética frente al ser humano que sufre.
En
relación a la enfermedad siempre aparecen realidades muy duras que a
veces son difíciles entenderlas y es que el dolor, el sufrimiento sólo
el enfermo lo siente, sólo él lo padece en su intransferible
singularidad, obviamente, el sufrimiento entendió “como una respuesta
negativa inducida tanto por el dolor como por el miedo, la ansiedad, el
estrés. La pérdida de seres y objetos queridos, y otros estados
psicológicos”. También hay sufrimientos que no siendo suyos sufren
quienes dan amorosa compañía a quienes los padecen. ¿Acaso no sufre una
madre ante el dolor de su hijo? ¿Acaso no sufre, no padece el padre
cuando ve apagarse la luz en los ojitos de su niña?
Una
gran parte de las alteraciones emocionales conllevan enorme sufrimiento.
La intensidad y frecuencia con que se presentan es significativa. Están
relacionadas con las pérdidas, con duelos no resueltos, con abandonos de
seres en quienes se suponía un mínimo de referencia responsable.
Por
otro lado, hay necesidades que sólo pueden ser satisfechas por otro ser
humano. La necesidad de cariño, de respeto, de cercanía, difícilmente
puede dar una máquina, un sistema, un fármaco, un concepto. Sólo puede
dar otro ser humano con sensibilidad, con sentimientos.
En ocasiones somos
incapaces de entender porqué alguien está sufriendo; hay veces en que el
mismo sufriente lo desconoce. Sabemos que sufre pero eso sólo no ayuda
en la empatía y en la aproximación a su dolor, a sus temores. El
tratamiento y alivio del sufrimiento a menudo se consigue al dar
generosa compañía en tan dramática soledad[10].
Lo dicho queda registrado con pluma y sentimiento maestros en “La muerte
de Iván Illich” de León Tolstoi. El genial ruso lo describió así: “El
único alivio que Illich experimenta de su sufrimiento en último término
es la constancia y compasión de su sirviente, quien permanece con él
cuando todos los demás le abandonaron”.
“La soledad del
sufrimiento no es tan solo el sentimiento de estar solo; incluye también
la ausencia de una pertenencia general como a un «nosotros» del mundo”[11].
Es oportuno citar
aquí al sufrimiento “entendido como una respuesta negativa inducida
tanto por el dolor como por el miedo, la ansiedad, el stress, la
pérdida de objetos queridos, y otros estados psicológicos”[12].
Cuánto bien haríamos los médicos a todos los que sufren y padecen cuando
conozcamos sentidamente esa realidad que no se enseña en la Facultad
“(...) que un corazón compasivo puede sanar casi todo” (E. Kübler-Ross)
y que ser buen médico sí es posible cuando se juntan la ciencia, la
bondad y la decencia. Que no podemos defraudar a quienes la vida, todos
los días, nos confía su salud o su dolor porque somos, desde nuestro
remotísimo origen, “los agentes de la esperanza sobre la tierra” (P.
Laín Entralgo).
Pasarán las edades. El dolor y el sufrimiento seguirán siendo parte
constitutiva del ser humano. Es el precio que hay que saldar por
sabernos y sentirnos vivos. Que la máquina jamás reemplace a la palabra
y a la compañía blanca y amorosa del buen médico, del médico bueno.
MI
INVITACIÓN
Finalmente, la vida misma, que tanto le costó a la Madre Naturaleza,
está gravemente herida. Al ser así, es impostergable dotarnos de coraje
y de decencia para que la luz en las mañanas no se extinga. Por eso,
vale que el médico entienda y sienta la grande misión que la Naturaleza
y su Juramento le confiaron: cuidar (curar) la VIDA. Es su compromiso
sagrado velar por todo lo que vive, ser partícipe agradecido del
esplendor de la luz y la alegría, y qué mejor que con su gestión lúcida
y convencida suenen las campanas todas las mañanas de domingo
acompañando la feliz algarabía de los niños y las niñas cuando jueguen a
la ronda.
Estudio de casos: La alegría de servir (Barrera, J.
En: Tello, F, 1973)
El martes de medio día, concurrí al consultorio del doctor Franklin
Tello, médico notable que ejerce su profesión en esta ciudad y que
goza de un merecido prestigio entre nosotros. Sus ojos verdosos se
iluminan frecuentemente al hallar de las innumeras posibilidades que
su profesión brinda para realizar milagros científicos. El motivo de
la visita era la inauguración de un banco de sangre particular, el
primero seguramente que se abre al servicio público en el Ecuador.
Sobre las blancas paredes del consultorio, hay dos cosas que
destacan a la vista de inmediato: una fotografía del doctor Antonio
Bastidas y una leyenda escrita en letras de madera, que dice: “Hay
la alegría de ser sano, hay la alegría de ser justo, pero hay sobre
todo la inmensa, la inefable alegría de servir”. Y bajo este lema,
el doctor Tello trabaja los días y las noches, llevando el pródigo
de sus conocimientos y de su habilidad a los enfermos que solicitan
sus cuidados desde los puntos de la ciudad.
El doctor Tello se ha especializado en la hemoterapia. Y en la
marcha por los caminos de su especialización, ha medio de la
necesidad urgente de un banco de sangre. Se ha encontrado con
aquellas instalaciones gigantescas y costosas de las instalaciones
de otros países estaban fuera de su alcance, y sin dejarse vencer
por la dificultad, ha reducido dimensiones, ingenio procedimientos y
aparatos, Y han instalado un pequeño banco de sangre en una de las
piezas de su consultorio.
Una refrigeradora, un autoclave, una cámara hermética esterilizada
para separar el plasma, y ya está en funcionamiento la institución.
Al principio, sangre de donantes generoso; después, ni se vende ni
se compra sangre: se la da para las necesidades humanas, pero se
pide a cambio de ella una donación igual para alimentar el capital y
las reservas del banco.
Pongo este banco –dijo en sencilla e íntima ceremonia de
inauguración- al servicio de la ciudad de Quito a la que tanto
quiero, al servicio del cuerpo médico: lo dedico a la memoria de un
amigo muy querido, el doctor Antonio Bastidas, y estaré contento si
con este banco logró salvar algunas vidas de hombre. Y mientras
decía estas palabras, las letras del lema brillaban sobre la pared
“la inefable alegría de servir”,
Las cámaras frigoríficas han sido remplazadas por una refrigeradora
doméstica, los recintos de esterilización por una autoclave, las
cámaras esterilizadas con ultravioleta y con aire filtrado han sido
suplidas con una pequeña urna de vidrio en que una solución de ácido
fénico hará la tarea esterilizadora. Y ya se alinean, en los pisos
de la refrigeradora, los frascos de sangre O, A, B y AB. Y ya las
ventanillas del banco se han abierto y empiezan a despachar el
precioso licor hacia las arterias de los enfermos necesitados. Cosa
pequeña este banco, instalación particular, no tiene otro objetivo
que el de proporcionar alivio. Se debe al tesón y la inteligencia de
un hombre que tiene una vocación apostólica, y que tiene siempre
presente las palabras de ese lema que hace del trabajo y del
servicio la más grande de las alegrías. Quede inaugurado este banco,
casi simultáneamente con las instalaciones que le proyecta la Cruz
Roja Ecuatoriana, y ya está trabajando en su tarea de repartir vida.
Culminado así el maravilloso concepto de la alegría de servir.
Preguntas de discusión ética
¿Por qué la medicina es una disciplina humanista?
¿Por qué el médico debe llevar una vida virtuosa?
¿Cuándo una ética es deontológica o consecuencialista?
¿Qué valores morales predominarían si los médicos tuviesen que
decidir si tratar o no a un paciente sobre la base de
consideraciones económicas?
¿Qué es el acto médico?
¿El médico es un agente social? ¿Cuál es su rol profesional?
¿Los pacientes tienen derechos?
Describa comparativamente los principales modelos de la relación
médico-paciente
¿Cuándo el médico decide por el paciente?
Respecto a la información que los médicos debemos brindar a nuestros
pacientes, Gregorio Marañón (1935) escribió lo siguiente: “Mas si la
vida, en general inclina a la mentira, ¡qué no será cuando un
sentimiento piadoso nos empuja además a ella, como en el caso del
médico! El amigo mío que vivió sin otra preocupación que decir
siempre la verdad, solía fulminar a sus más atroces anatemas contra
los médicos, disimuladores perpetuos de la realidad. Pero claro es
que sin ese disimulo, legítimo y santo, para nada servirían los
sueros más exactos y las operaciones quirúrgicas más perfectas.
Algunas noches, al terminar mi trabajo, he pensado lo que hubiera
pasado si a todos los enfermos que habían desfilado por la clínica
les hubiera dicho rigurosamente la verdad. No se necesitaría más
para componer la pieza más espeluznante del Gran Guiñol. El médico,
pues – digámoslo heroicamente – debe mentir. Y no sólo por caridad,
sino por servicio de la salud. ¡Cuántas veces una inexactitud,
deliberadamente imbuida en la mente del enfermo, le beneficia más
que todas las drogas de la farmacopea! ¿Cuál es su comentario?
__________
Lorda, P. El consentimiento informado y la participación del enfermo
en las relaciones sanitarias. En: Cruceiro, A. Bioética para
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