BIOÉTICA, SEXUALIDAD Y ADOLESCENCIA

Fernando Arroyo Arellano, Médico, Cirujano General, Magister en Bioética y Derecho Sanitario

Presidente de la Sociedad Ecuatoriana de Bioética

Analizar, someramente al menos, los aspectos filosóficos y éticos de la justificación de los actos humanos es perfectamente admisible al tratar el tema de sexualidad y adolescencia desde la Bioética. 

En general hay dos modos contrapuestos de justificar los actos que las personas hacemos: 

1.-Porque se ajustan a ciertos principios, en cuyo caso los actos son correctos 2.- Porque sus consecuencias son deseables, en cuyo caso los actos son buenos

Sin embargo, en la toma de decisiones concretas, el sentido común siempre tiene en cuenta ambos extremos, y en las circunstancias de cada caso contrapesa, tanto los principios como las consecuencias. Se puede entonces decir que la decisión moral es un sánduche entre principios y consecuencias. Aunque la Ética (y la Bioética en el caso de profesiones de la salud) trata siempre de permanecer siempre cerca de las situaciones concretas, las teorías éticas están siempre presentes en las discusiones y en las soluciones que se propongan. 

El y la adolescente ajustarán   sus decisiones en sexualidad   a dos teorías aparentemente enfrentadas:

a.-  las teorías principialistas,  deontológicas  o del deber, que consideran  éticos los actos que se ajustan  a una norma  o precepto  socialmente  aceptado,  modelos de esto serían el deontologismo kantiano y más modernamente el principialismo de Beauchamp y Childress

b.- las teorías consecuencialistas, teleológicas  o de los fines, que afirman que la bondad o maldad de un acto  está determinada por sus consecuencias, siendo el modelo más conocido  el utilitarismo de Bentham y Stuart Mill.

A más de lo anteriormente dicho, existe una tercera teoría ética, inclusive   más antigua que el deontologismo y el utilitarismo, que es la teoría ética de la virtud. Esta teoría data de la época aristotélica y sostiene que las virtudes son disposiciones habituales que inclinan a la persona a llevar a cabo las acciones que   hagan buenas las obras, y que hagan buena a la misma persona.  Las virtudes morales naturales se adquieren por la práctica y por el ejercicio repetido de actos conforme a la virtud. La ética de la virtud   analiza las acciones de la persona, entendiendo que su conducta parte de sus rasgos internos, es decir de sus valores construidos en firme, que no requieren reflexión previa sobre si se somete a la obediencia de reglas (deontologismo) o al análisis del resultado del acto (consecuencialismo).  La diferencia entre los  tres enfoques  se basa más en la forma en que los dilemas morales son abordados , antes que en el alcanzar o no una conclusión moral.

Luego de la breve introducción previa, hay que decir que la sexualidad es un componente esencial inherente a la condición humana que se expresa a través de todo el ciclo vital.  En el ejercicio de la sexualidad humana las emociones juegan un papel muy importante en la toma de decisiones, y ello es muy visible y digno de tomarse en cuenta en la adolescencia.  Los filósofos a lo largo de los siglos se han planteado   si las decisiones del ser humano son meramente racionales, o meramente emocionales, o una combinación de las dos, y si de ello puede configurarse una determinada teoría ética.   

Decía Platón que: “una buena decisión está basada en el conocimiento y no en los números”, y Hume sostenía que “la medida de todas las cosas es el hombre, él decide lo bueno, lo bello y lo verdadero; al menos, nada más allá de él mismo se puede asegurar. Naturalmente su decisión no es consciente ni voluntaria, pues son los mecanismos que, ocultos y en silencio, trabajan en su psiquismo, los responsables de esta «creación del mundo». El conocimiento, es conocimiento humano, de un ser más sensible que racional; sus decisiones morales se hacen desde los sentimientos y se miden por la felicidad que pueden promover”.

Martha Nussbaum ha estudiado profundamente el papel de las emociones en el razonamiento ético. Ella sostiene que no se puede concebir un sistema ético sin apelar a las emociones. Afirma que el intelecto y las emociones no son apartados separables que actúan de manera paralela.

Las emociones tienen tres características importantes: 

  1.  Nos revelan como seres vulnerables ante situaciones en las que no tenemos el control (circunstancia presente en la adolescencia cuando al expresar un amor romántico hacia una persona, la respuesta de esa persona escapa a nuestro control)
  2. Se centran en nuestros propios fines y nos hacen ver el mundo de acuerdo a esos fines (se relaciona bien con el ejemplo antes indicado)
  3. Son ambivalentes en cuanto a   sus objetos (rechazo hacia una persona que nos ha lastimado, pero al mismo tiempo la seguimos amando – una especie de Síndrome de Estocolmo)

El estudio de las emociones brinda   elementos de gran valor que nos permiten   identificar por qué actuamos de modo A o de modo B, y en esencia eso es la Ética, pues es la reflexión individual de porque hacemos lo que hacemos frente a las normas que la sociedad ha establecido como buenas, como correctas, como apropiadas.  Siempre es importante establecer la debida diferenciación entre Ética y Moral, la que en verdad es ese conjunto de normas al que nos referimos.   Las emociones tienen  dos componentes, uno psico-biológico, y otro  fruto de un aprendizaje social:  la sociedad moldea, de alguna manera  lo que es aceptado emocionalmente entre los individuos , y  de ese modo , respecto a la sexualidad humana,  la sociedad moldea las normas de un comportamiento sexual apropiado  de acuerdo a la edad y al estado de las personas, muestra si la sexualidad  ejercida del modo A  o del modo B  es  una práctica adecuada , y en qué sentido lo es, define lenguajes, vestimentas,  peinados  y otros atributos  exhibibles.  Todo lo antes nombrado es un elemento de sexualidad   en el y la adolescente.

Las sociedades también sugieren lo que es deseable conocer sobre nuestra propia sexualidad, y lo que debe quedar oculto por no considerarse apropiado.  La   conveniencia de ignorar está altamente relacionada con las emociones, de manera que buscar algo sobre la sexualidad, que hemos aprendido que es mejor no conocer, o que por nuestra peculiar situación   no es debido que conozcamos, puede considerarse inapropiado, y generar una emoción de vergüenza, que es justamente lo que puede pasarle al adolescente que   anhela información, por ejemplo, sobre anticoncepción.

Si estudiar las emociones, según sostiene Martha Sánchez, filósofa mexicana, nos lleva a conocer como decidimos en materia de sexualidad, sería importante que las políticas públicas de salud sexual y reproductiva tuvieran un   componente de educación emocional. Este conocimiento   es necesario para reflexionar sobre nuestras decisiones en materia de sexualidad y sus consecuencias éticas.

Paz Robledo, hebiatra chilena, afirma, y con razón, que, en la época de la adolescencia, irrumpen los impulsos sexuales producto de la maduración   biológica y psicológica propia de la pubertad, y desde allí se adquiere la capacidad sexual y reproductiva de la especie humana. Además, los cambios biológicos, psicológicos y sociales determinan   la construcción de una nueva identidad, propia, única e irrepetible, como lo es la de todo ser humano como decía Kant.   Este momento del desarrollo de la persona implica una gran vulnerabilidad, y en él pueden aparecer conductas de riesgo como un inicio precoz de la actividad sexual no protegida, inicio sexual bajo coerción, violencia de género, circunstancias que pueden llevar por ejemplo a exposición a enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados, e incluso a decidir interrumpir una gestación en condiciones muy riesgosas.

Coincido   con Robledo que   en la actualidad   existe una gran ambigüedad social y jurídica, debida a la existencia de dos visiones frente al grupo poblacional de los adolescentes, un modelo paternalista tradicional y un modelo autonomista de reciente surgimiento.  El modelo paternalista   clasifica a las personas como “mayores de edad” o “menores de edad”, y en este segundo caso   la decisión sobre temas de salud, y de vida en general, sexualidad incluida, depende de los padres o tutores legales, y a veces   hasta del profesional que les atiende. Así pues, es otra persona la que decide en base a sus propias experiencias generacionales, y esquemas valorativos y culturales, no siempre armónicos con las necesidades y expectativas de los adolescentes. El modelo autonomista reconoce capacidades y competencias progresivas de las personas en desarrollo y preconiza que el rol es “acompañar” en las decisiones del y la adolescente   estimulando el desarrollo de   lo que se ha dado en llamar “autonomía progresiva”, evidentemente entregando toda la información necesaria, sin manipulación ni distorsión, orientando a la toma de las mejores decisiones para su vida. La autonomía entonces no determina la capacidad sólo por edad sino por las condiciones de juzgar de manera adecuada el tema en discusión.

La sexualidad se relaciona con los derechos básicos pertenecientes a todo ser humano por el solo hecho de ser cada uno de nosotros una persona.  “.. esos derechos, de algún modo, son anteriores a su reconocimiento positivo por parte de las leyes, y lo que ellas hacen es reconocerlos y positivarlos” (Robledo 2015). A pesar de lo antes expresado, no toda decisión sexual en adolescentes representa el ejercicio de un derecho personalísimo, y no es infrecuente que, por ejemplo, el inicio de una actividad sexual precoz, o el mantener una actividad no protegida sea   consecuencia de   una relación de abuso de poder, violencia de género o coacción. 

En diversos documentos internacionales se reconocen los derechos sexuales de los individuos, entendiendo como tales   aquellos que abarcan el derecho a ejercer una sexualidad plena en condiciones seguras, lo que es motivo de preocupación mayor en la época de la adolescencia.   La Convención de los Derechos del Niño de 1989 validó la infancia y la adolescencia, y reconoció los derechos específicos de las personas en crecimiento y desarrollo, incluyendo los políticos, civiles, sociales y culturales y sobre los que se debe ir desarrollando una capacidad progresiva para ejercerlos, la antedicha “autonomía progresiva”,  bajo la guía y orientación primero de los padres, luego de los educadores, y  en algún momento también , de los profesionales de la salud que atendemos a las personas en ese momento biográfico de su devenir en el mundo.